‘A cada juez le decimos: la historia los está observando’

Por Yamila Zavala Rodríguez en El Cohete a la Luna. El 22 de diciembre de 1976 fue el día del asesinato de mi padre, Miguel Domingo Zavala Rodríguez; la desaparición forzada de mi madre, Olga Irma Cañueto y mi secuestro junto con mi hermana menor, durante tres meses, hasta que nos encontraron en el Instituto de Menores Riglos. Por eso, el mes de diciembre en tiempos de Navidad y vísperas de Año Nuevo surgen muchos sentimientos y emociones que hablan de mi historia personal y de la historia de los argentinos.

El 27 de diciembre pasado, se dictó una nueva resolución judicial, ahora del Tribunal Oral Federal N°6 de la Ciudad de Buenos Aires que otorgó y efectivizó la “prisión domiciliaria”, al genocida Miguel Etchecolatz, que es quien representa el mal en la tierra, el símbolo del terrorismo de Estado, quien cometió lo peores crímenes que pueda cometer un ser humano contra otro ser humano, quien sigue perpetrando hoy los delitos permanentes de desaparición forzada de personas y de apropiación de bebés, quien tiene seis condenas, cuatro de ellas a perpetua. Y juicios que afrontar. Quien es además responsable de que la generación de mis viejos hoy no esté físicamente. Quien es responsable de haber dejado miles de viudas, miles de hijos e hijas huérfanos, miles de madres sin sus hijos, no existiendo en el lenguaje una palabra que defina y exprese ese dolor que invierte el papel natural de la vida. Quien mantiene un pacto de silencio, sin decir: ¿qué hicieron con los 30.000? Sin decir: ¿dónde están los cuerpos de los desaparecidos? Sin decir: ¿dónde están los bebés que se apropiaron? Ese silencio expresa la maldad de los verdugos y sin duda su cobardía.

Y el lugar elegido por el genocida para vivir fue en mi ciudad, en Mar del Plata, en el Barrio Bosque Peralta Ramos. Eligió este lugar y los jueces se lo concedieron.

¿Qué fue lo primero que se me vino a la mente? “¡No puede ser! –dije–. Etchecolatz fuera de la cárcel y nuevamente en Mar del Plata… No puede ser.” Y luego, inmediatamente después de ese pensamiento de indignación, me dije: “Sí, claro, que puede ser”. ¿Cómo no va a poder ser en estos tiempos si la Corte Suprema de Justicia de Nación, máximo tribunal de la nación, con sus nuevos integrantes elegidos por decreto presidencial en comisión, viene generando fallos para construir mes a mes jurisprudencia de impunidad, en concordancia con este presente de negacionismos y reduccionismos de parte del poder político, de las editoriales de los medios hegemónicos de comunicación y grupos económicos de poder? En febrero de 2017, el fallo “Fontevecchia” resolvió que la Corte Interamericana de Derechos Humanos no puede revocar sentencias de la Corte Suprema; en marzo de 2017, el fallo “Villamil” resolvió que las acciones civiles de daños y perjuicios de lesa humanidad no son imprescriptibles; en abril 2017 el fallo “Alespeiti” modificó sentencia otorgando el arresto domiciliario a condenados por delitos de lesa humanidad, culminando en mayo de 2017 con el fallo “Muiña” del “2×1”, que generó el rechazo absoluto de gran parte de la sociedad argentina y del mundo con 500.000 personas en la calle.

Mes a mes, la Corte avanzó en la construcción de impunidad jurídica-política. Con lo cual sí puede ser que el Poder Judicial, o mejor dicho sectores del Poder Judicial, se acomoden con los otros poderes permanentes y que genocidas como Etchecolatz y tantos otros estén con arrestos domiciliarios, con decisiones que son políticas, más que jurídicas.

Pero nada es igual. Los argentinos pasamos muchas cosas terribles en nuestra historia, y gran parte de la sociedad no está dispuesta a volver atrás. A un mes de estar en el bosque, creció una reacción de rechazo, repudio, indignación y malestar masiva, inmediata y contundente en la calle. Nos juntamos, pensamos y accionamos.

Querellantes, víctimas, hijos, familiares, sobrevivientes, testigos de las causas que lograron las condenas y testigos de las que están en curso, viven en ese barrio a metros del genocida. Los jueces ignoraron dicha circunstancia, no los escucharon, no les preguntaron, no los consideraron. El mismo 27 de diciembre acompañé, junto a otros colegas, a uno de ellos, víctima y testigo, en una presentación judicial. Explicamos la situación, dijimos que víctima y victimario no pueden vivir a metros de distancia a fin de que los jueces tomaran nota y actuaran en consecuencia, pero que dijeron: “rechazo in límine”. Una resolución que no ve ni siente el dolor.

El 27 de diciembre del 1977 desapareció el Armenio, el hermano de la queridísima Marta de la organización de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas. Y ese mismo día, coincidió con el “arresto domiciliario” del genocida, en los límites de su misma ciudad, donde ella vive. En el presente, su dolor me traspasa, sus palabras en las redes nos conmueven, todos sentimos la injusticia. Laura es hija de desaparecidos y enfrente de la casa del genocida tiene el terreno donde pensaba hacer su casa, situación que me genera, nos genera, la impotencia de lo injusto. Muchos hijos e hijas de desaparecidos, mis hermanas y hermanos de la vida, Ana, Martina, Maxi, Paula, María y tantos otros, viven en ese barrio. Causalidades del universo, de la historia.

Al día siguiente, 28 de diciembre todas las fuerzas políticas del Concejo Deliberante de General Pueyrredón dictaron una resolución de repudio a la decisión del TOF N° 6. También lo hicieron diferentes instituciones de la ciudad y del país. Inmediatamente surgió espontáneamente el movimiento de “Vecinos sin Genocidas” que se organizan, se mueven, proponen ideas todo el tiempo, desde el arte, la expresión, las señalizaciones, las movilizaciones por el barrio, para rechazar la presencia del criminal, con la consigna: “No queremos genocidas en nuestro barrio, ni en Mar del Plata, el único lugar para un genocida es la cárcel”. Los vecinos preguntan quiénes son los jueces que hicieron esto. No quieren que sus familias, sus niños, vivan entre genocidas.

El 6 de enero Mar del Plata movilizó a miles y miles de marplatenses y turistas en la primera marcha que resultó multitudinaria. Partimos desde el TOF de Mar del Plata y terminamos en la Rambla de la ciudad en un escenario en donde hablaron las Madres y Abuelas, mujeres que con 80 y 90 años de edad y con el amor permanente de la lucha, nos dijeron: “Si nosotras pudimos exigir justicia pese a todo, ¿cómo ustedes no van a poder?”. Pero ahí estuvimos todos: los marplatenses, los turistas, los vecinos, las organizaciones de derechos humanos, las Madres, Abuelas, Hijos, Familiares, sobrevivientes, las organizaciones políticas, gremiales, culturales, sociales, muchos y muchas gritando dignidad, lucha y acción para seguir construyendo MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA y poder popular para vencer la impunidad. Ahí estuvieron también hijos de genocidas que luego de 41 años del golpe cívico-militar quieren expresarse y organizarse para romper el mandato de silencio de sus progenitores, pidiendo cárcel común y efectiva, algo inédito para la historia argentina y del mundo en materia de derechos humanos.

A cada juez, a cada funcionario del gobierno, el pueblo los está observando y la historia también. El lunes al cumplirse un mes volvimos a movilizarnos. Y vamos a seguir haciéndolo. Porque no aflojamos, no nos resignamos. Y porque ya dijimos: “Nunca Más”.

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