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Desgarrador testimonio de una madre de desaparecido

En la tercera audiencia de la megacausa de lesa humanidad, Enriqueta Narváez brindó un testimonio desgarrador ante el Tribunal Oral Federal (TOF) de Jujuy, donde quedó claro el padecimiento que sufrió junto a su esposo, luego de 42 años, pudo relatar la desaparición de su hijo Hugo Narvaéz.

Al finalizar su testimonio, que, por largos momentos fue desgarrador, señalo la foto de su hijo “Ese es mi hijo. No era una mierda, ladrones, muertos de hambre”. Tras un pedido de la defensa, el TOF por unanimidad, resolvió que las partes procedan respetuosamente, y ante un hecho que altere el orden, el presidente de Trámite, Federico Díaz desalojara la sala. La próxima audiencia de la megacausa será el próximo 6 de agosto.

 

La mujer de 94 años relato que su hijo tenía 23 años y estudiaba en la Universidad Nacional de Tucumán. Fue secuestrado el 17 de julio de 1976, justo el día de su cumpleaños y fue secuestrado, junto a sus amigos Juan Jarma, Rubén Molina, Juan Cabrera entre otros de una peña en Tucumán.

Desaparecieron 19 jóvenes, a dos de ellos los sacaron de un departamento, un grupo de tareas, los interrogó, con revólver en mano, y les pregunto por los otros estudiantes.

Enriqueta, a lo largo de su relato destaco la cobardía de los represores. Recordó que un hombre del servicio de inteligencia, se le presento y le contó todo sobre su familia, que hacían, trabajo, y que su hijo estaba en el RIM 20. Posteriormente, supo que su hijo y otros, fueron llevado al Centro Clandestino de Guerrero.

Denunció que tuvo una charla con el ex comisario de la policía de Jujuy, Ernesto Jaig le aviso que “por plata, le entregamos su hijo”. La mujer relató que vendió todo, pero “ellos no cumplieron con la palabra”.

Aseguró que, en Guerrero, se llevaron a cabo retiros espirituales, en la casona del Obispado, mientras realizaban sesiones de torturas a los chicos. Un soldado que había desertado le contó que, en Guerrero, Jones Tamayo y Medina torturaban, los llamaban por “número”, les daban de comer por la madrugada cebolla y repollo, y sacaban colchones ensangrentados al sol.

Señaló que junto a su marido buscaron a su hijo por todo el país. En 1977 se fueron a vivir a Buenos Aires cerca del ministerio del Interior, para averiguar, participo de marchas y de todo lo que sucedía con los desaparecidos.

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